Y LA DEMOCRACIA QUE EMPIEZA EN LOS PUEBLOS
Ha fallecido el filósofo alemán Jürgen Habermas a los 96 años.
En una ocasión escribió algo que hoy resuena con una fuerza especial: “La democracia no se sostiene solo con leyes o instituciones; vive de la participación de ciudadanos que discuten, que argumentan y que están dispuestos a escuchar razones mejores que las propias.” Toda su obra gira en torno a esa intuición aparentemente simple y profundamente exigente: la democracia solo puede existir si las sociedades conservan la capacidad de hablar, razonar y entenderse.
En un momento en el que la política parece haberse acostumbrado a la mentira, a la desinformación y al ruido permanente, el pensamiento de Habermas resulta incómodo porque nos obliga a recordar algo esencial: cuando hablamos en el espacio público no solo intercambiamos información, también estamos intentando alcanzar algún tipo de acuerdo. Y para que ese acuerdo sea posible debe existir una mínima condición de honestidad. Quien afirma algo debería estar dispuesto, al menos en teoría, a justificarlo con razones. Sin esa exigencia básica de verdad, el debate público deja de ser un espacio de deliberación y se convierte simplemente en espectáculo.
Habermas llamó a este horizonte la situación ideal de habla: un diálogo en el que nadie impone su punto de vista por el poder, la manipulación o el ruido, sino por la fuerza de los argumentos. Sabía bien que el mundo real está lleno de desigualdades, intereses económicos y estructuras de poder que distorsionan ese diálogo. Pero precisamente por eso defendía la necesidad de protegerlo. Porque cuando renunciamos a la posibilidad de un diálogo honesto, lo que queda es la desinformación, la polarización y, en el peor de los casos, la imposición.
Esta reflexión adquiere una dimensión muy concreta cuando la miramos desde el municipalismo. Los pueblos no pueden vivir esperando a que alguien venga de fuera a pensar su futuro. Las ideas que sostienen una comunidad tienen que nacer desde dentro, en la conversación cotidiana entre vecinos, en la voluntad de imaginar cómo queremos vivir juntos. Pensar en nuestros mayores, en cómo combatir la soledad, en cómo construir espacios donde la gente se sienta acompañada, útil y parte de algo.
La política municipal debería ser, antes que nada, ese lugar donde una comunidad se piensa a sí misma. Desde esta mirada, gobernar nunca puede entenderse como un cheque en blanco. La responsabilidad de gobernar implica escuchar, dialogar, poner sobre la mesa alternativas y finalmente tomar decisiones que puedan ser explicadas ante la comunidad. Gobernar no puede hacerse de espaldas ni a los vecinos y vecinas ni al Pleno Municipal, que es el espacio donde se representa la voluntad colectiva del pueblo.
Quizá el ideal habermasiano parezca ingenuo en un tiempo dominado por el ruido y la polarización. Pero también es un recordatorio necesario: si abandonamos la idea de que la política debe sostenerse sobre argumentos, verdad y diálogo, entonces la democracia empieza a vaciarse por dentro.
Y muchas veces su defensa empieza en el lugar más cercano: en nuestros pueblos, en nuestras plazas y en la conversación pública que somos capaces de construir entre todos y todas.